Notas del taller 002. Mediterráneo

Notas del taller 002. Mediterráneo

Este artículo vuelve a partir de una reflexión que he hecho viajando, pero prometo que esta no será la temática principal de las Notas del taller. Acompañada por mi gran “manager” Carlitos, esta semana he visto el Mediterráneo desde varias ciudades italianas y he tenido la sensación de estar mirando un mar distinto desde cada una. 

Nápoles es caos, ruido, calor, calles estrechas, fachadas desgastadas, ropa tendida, mercados, olores, voces, cláxones y motos por todas partes —con una de ellas casi termino atropellada (estoy bien, chicos)— hasta que llegas al mar y, de repente, todo se calma.

Si Nápoles es movimiento constante, Pompeya es pausa, una ciudad que se quedó congelada en el tiempo y en la que todavía puedes entrar en sus casas, caminar por sus calles y ver las paredes que alguien decidió pintar hace dos mil años. En este caso, el Mediterráneo es lo único que nunca ha dejado de moverse. 

En Herculano ocurre algo parecido. Una ciudad quedó sepultada hace dos mil años y otra terminó creciendo sobre sus ruinas. El Mediterráneo ha estado ahí durante todo ese tiempo.

Y después está Procida. Procida es felicidad. Casas de colores, barcos, gente bañándose, niños saltando al agua y el Mediterráneo formando parte de absolutamente todo.

Mismo mar. Misma plata. Distintas formas de verla.

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